martes, 20 de enero de 2026

El cine que nos mira: relatos del mundo contemporáneo

El cine del 2025 parece haber renunciado a las certezas. No busca explicar el mundo, sino acompañarlo en su temblor. Sus historias no se levantan sobre héroes, sino sobre cuerpos vulnerables, decisiones forzadas, herencias invisibles y futuros que llegan sin promesa.

Las películas aquí reunidas miran un presente donde la elección se vuelve ambigua, la democracia se agrieta, la palabra se rompe y el cuidado aparece como último gesto ético. En los márgenes —madres jóvenes, voces quebradas, vidas descartadas— emerge una verdad que el centro ha olvidado: vivir ya es una forma de resistencia.

Al mismo tiempo, estos filmes interrogan la transmisión: qué se hereda, qué se repite, qué duele. Padres, maestros, territorios y memorias configuran una pedagogía afectiva donde el aprendizaje no ocurre en la razón, sino en el vínculo.

Y, sin embargo, no todo es pérdida. En medio del extravío aparece el camino, el encuentro, la música, el acontecimiento inesperado. El futuro no se anuncia: se insinúa. Como una pregunta abierta que el cine no responde, pero se atreve a formular.

Tal vez por eso estas películas no buscan consuelo, sino presencia. No prometen salvación, pero ofrecen algo más humilde y más radical: mirar juntos lo que duele, sin apartar la mirada.

TOP #1

O último azul - Gabriel Mascaro.


#2 

1. El mundo fracturado

Un simple accidente — Jafar Panahi

Votemos — Santiago Requejo

No Other Choices — Park Chan-wook

(poder, coerción, decisión, fragilidad democrática) ¿qué queda del sujeto cuando elegir ya no es libre?

2. Los márgenes que hablan

Urchin — Harris Dickinson

Young Mothers — Jean-Pierre y Luc Dardenne

Broken Voices — Ondřej Provazník

(exclusión, cuidado, voz silenciada) ¿quién escucha a quienes sobreviven sin relato?

3. Herencia, filiación y transmisión

Mr. Burton — Marc Evans

Una quinta portuguesa — Avelina Prat

Sentimental Value — Joachim Trier

memoria, educación afectiva, legado emocional ¿qué nos fue dado sin haberlo pedido?

4. El tiempo como enigma

Köln 75 — Ido Fluk

La Venue de l’Avenir — Cédric Klapisch

(historia, acontecimiento, porvenir) ¿cuándo comienza realmente el futuro?

V. La espiritualidad del extravío

Sirat — Óliver Laxe

Bugonia — Yorgos Lanthimos

(fe rota, delirio contemporáneo, búsqueda de sentido) ¿qué dioses inventamos cuando los antiguos ya no responden?

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lunes, 19 de enero de 2026

La trenza de la gitana

Éxtasis

Al pensar en una experiencia significativa, lo primero que emerge es el instante en que te conocí hace ya más de quince años. Recordarlo me estremece, narrarlo es volver a enamorarme, regresar al origen, al presente, tocar el hilo mágico y secreto que ha tejido nuestras transformaciones.

Era el inicio del 2010 y yo acababa de cerrar la maestría en educación y caminaba en búsqueda en Bogotá de trabajos desafiantes en arte, educación, tecnología y espacios que me permitieran profundizar en los hallazgos encontrados en mi investigación. Fue entonces cuando apareció un proyecto breve e intenso —Arte y Ciencia para la convivencia— desarrollado por Maloka y sin saberlo, también apareciste tú.

En medio de jóvenes diversos y talentosos que provenían del arte, la ciencia y las humanidades y de intentar poner en juego metodologías de creación colectiva, tu presencia irrumpió como música. Un día te presentaste cantando bullerengue: palmas, ritmo, sensualidad y cuerpo vibrante. Algo quedó vibrando en mí desde entonces, no fue solo tu belleza —era tu manera de estar y ser— como si trajeras contigo, como una estela bioluminiscente, una memoria antigua que mi cuerpo reconocía antes que mi pensamiento.

Yo venía de una vida dispersa y sin promesas. Pero contigo ocurrió algo distinto: una electricidad serena y un pálpito de no saber, una cercanía que no exigía palabras. Bastaban los encuentros breves, una mirada sostenida, un gesto mínimo, un beso esquiniado, para sentir que algo comenzaba a estremecerme como nunca lo había sentido. Había allí una alegría contenida, un presentimiento, como si el amor, antes de decir su nombre, ya estuviera ensayando su forma.

Fisura

El tiempo —que no irrumpe como tragedia sino como maestro— fue mostrando otras capas del amor. El resplandor del instante inaugural dio paso a un territorio más complejo, el de la convivencia. Allí el vínculo dejó de sostenerse en la intensidad y empezó a revelarse en lo pequeño, los gestos cotidianos, los desacuerdos sutiles y aquello que no sabíamos aún cómo nombrar.

Aparecieron zonas imprevistas, sombras, silencios heredados, miedos antiguos, historias que no pedían explicación sino cuidado. Comprendimos que no todo lo que dolía nacía del otro, y que muchas veces amar no consistía en resolver, sino en no herir más. Fue entonces cuando el amor dejó de ser refugio y se volvió práctica, empezó a implicar descenso, bajar la voz, soltar la razón, escuchar incluso cuando dolía. Hubo momentos sin claridad ni acuerdo, pero persistió el gesto —frágil y obstinado— de no soltar el lazo y la conexión.

Con el tiempo entendí que el amor no es solo un acontecimiento o una emoción extática, sino una forma de permanecer en medio del cambio. Acompañar las mutaciones del otro —y las propias— nos exigió habitar el desajuste, el cansancio, la duda, las crisis y la pérdida de sentido. Allí el vínculo dejó de prometer plenitud y comenzó a ofrecer algo más honesto, la posibilidad de crecer sin negar la fragilidad.

Aprendí que el relámpago inicial no se conserva repitiéndolo, sino volviendo a mirarlo. A veces, en la quietud de la casa compartida, en el valle del amor —alrededor del fuego, del vino, de la memoria, de las caricias— regresamos a ese origen no para idealizarlo, sino para recordar por qué elegimos cuidarnos.

Comprendí también que el daño no nace del conflicto, sino del silencio acumulado. Que lo no dicho, cuando se posterga, termina estallando con una violencia que no le pertenece. Por eso el amor empezó a exigirme otro lenguaje, menos urgencia por tener razón y más coraje para escuchar y decir la verdad con ternura.

Así el vínculo fue revelando su condición postrágica: no evitar el dolor, sino integrarlo; no negar las tormentas, sino atravesarlas sin arrasar el terreno común. Amar dejó de ser promesa de armonía para volverse ética del cuidado, una manera de sostenernos cuando la vida ya no ofrece garantías.

Permanencia

Después de quince años —con idas y venidas, con momentos de cercanía y otros de extravío— empiezo a comprender la importancia de tenerte como compañera de vida, de los ciclos que hemos vivido y a los que hemos despertado. No como certeza, sino como camino que se vuelve a elegir.

Aprendimos a cuidarnos con ternura, y también con cierta firmeza. A atender los detalles, asumir riesgos juntos, a entender que el amor no es ciego: habita lo pequeño, lo cotidiano, el modo en que compartimos el tiempo, el espacio y los silencios. A veces basta un gesto mínimo para volver a encontrarnos.

En los conflictos hemos ido aprendiendo —no siempre bien, no siempre a tiempo— a conversar distinto. A reconocer nuestras violencias, a no quedarnos demasiado en el orgullo. Permanecer dejó de ser aguantar, se volvió decisión, una elección frágil, renovada e imperfecta.

Este amor ha sido tierra. No siempre fértil, no siempre amable, pero tierra al fin. Allí han crecido frutos visibles y otros que apenas sabemos nombrar: una casa en la montaña, la familia, los viajes, trabajos maravillosos, el aprendizaje de estar juntos sin fundirnos y el cantar y hacer música para endulzar los momentos. A tu lado he aprendido que amar no es coincidir, sino acompañar. Que no se trata de completarnos, sino de caminar con lo que falta. Que incluso el desencuentro puede volverse lenguaje si se le ofrece tiempo.

No sé del todo qué forma tendrá lo que sigue. Quiero vivir esta vida y las otras contigo. A veces avanzamos con claridad, otras apenas con intuición. Pero seguimos trenzando —como quien enlaza cabellos al viento— sabiendo que el amor no se sostiene por la perfección, sino por el gesto persistente de volver a estar.

Y eso, por ahora, basta.

Te amo infinito


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jueves, 11 de diciembre de 2025

Manifiesto del 1er Festival de la Universidad del Futuro

Vamos caminando como adultos que encarnan la infancia y la adolescencia.

Encendemos el fuego para asentarnos en la magia compartida:

somos fuego andante de la creación,

latido del corazón hermanado con la selva y el concreto,

con lo urbano y lo ancestral,

con el presente que arde y el futuro que asoma.

Caminamos juntos.

Nos acompañamos en la alegría del compartir.

Nos afirmamos en la apertura, en la posibilidad

y también en la pérdida.

Nos orienta aquello que refulge en el horizonte como misterio,

misterio vivo de creación y destrucción.


Alzamos nuestros cantos en la niebla de la noche

para permanecer cuerdos entre quienes aún sueñan,

entre quienes aún juegan en el horizonte abierto

de la infancia eterna.


Imaginamos colaboraciones fortuitas,

encuentros que se abren paso en la conquista del tiempo.

Somos la aurora del ser,

plasmada como petroglifo en la dureza de las rocas,

rocas que, sin embargo, se disuelven en el silencio.


No somos proyecto,

porque los trayectos nos intersectan en el infinito.

En la jungla del amor bebemos del día y de la noche,

como animales salvajes que recuerdan

la antigua libertad del espíritu.


Y así avanzamos,

con los pies encendidos y el corazón despierto,

abiertos al misterio que nos convoca.


Que este encuentro sea fogata y camino,

semilla y constelación.

Que lo que aquí nace nos recuerde

que estamos vivos

y que aún es posible crear mundos

donde la alegría sea una forma de sabiduría.

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viernes, 5 de diciembre de 2025

Matrices de pensamiento en disputa

Hoy quiero compartir una reflexión inspirada en las Matrices de pensamiento de Alcira Argumedo. Su texto me puso a pensar en cómo las sociedades organizan el sentido, cómo imaginan el futuro y qué fuerzas simbólicas están en disputa en este momento histórico.

Lo interesante es que, al leerla, no pensé en las visiones de mundo con las que suelo sentir afinidad. Más bien ocurrió lo contrario: empecé a ver cómo están reapareciendo imaginarios que creíamos superados, pero que hoy definen gran parte de las guerras culturales en el mundo.

La marcha de la humanidad” – David Alfaro Siqueiros

Y ahí es donde la lectura de Argumedo se vuelve muy lúcida. Para ella, las matrices de pensamiento no son etapas evolutivas ni niveles de conciencia. Son estrategias históricas: proyectos político-culturales que compiten por el sentido común. Y cuando uno mira la política reciente, eso salta a la vista.

Figuras como Bukele, Trump, Milei o, en Colombia, el candidato presidencial Abelardo de la Espriella, no proponen realmente un futuro nuevo. Lo que hacen es reactivar una matriz muy antigua: la del héroe que viene a poner orden, la del dirigente que suele tener muy claro al enemigo, la de la fuerza como camino hacia la salvación. Y esa narrativa funciona porque aparece justo donde hay miedo, precariedad, incertidumbre.

También me di cuenta de algo incómodo: creíamos que nuestras visiones de mundo —más inclusivas, más plurales— eran compartidas por mucha gente. Pero el panorama muestra algo distinto. Hay matrices de pensamiento muy vivas que apuestan por el orden, la autoridad, la contundencia, el racismo, clasismo y la violencia. Y también hay otras que buscan sostener la vida, la comunidad, la empatía y la dignidad.

Lo que me interesa es esa tensión. Porque ahí se revela la profundidad del momento histórico que estamos viviendo. Esto no es simplemente una pelea entre derechas e izquierdas. Es una disputa entre formas de interpretar el mundo, de entender la libertad, de imaginar el porvenir. Cada matriz responde a una herida social distinta.

Y aquí viene la pregunta con la que quiero cerrar: ¿Qué matriz de pensamiento estamos alimentando cada día, con nuestros miedos, con nuestras decisiones y con nuestras conversaciones?

Porque, al final, la disputa política es una disputa por el sentido mismo. Y ese sentido no se impone por fuerza ni se gana humillando al adversario: se construye ampliando la imaginación colectiva y entendiendo con profundidad las diversas visiones de mundo que hoy compiten por orientar nuestro futuro.


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martes, 2 de diciembre de 2025

Curso Narrativa Sonoras para la Paz

El curso Narrativas Sonoras para la Paz para víctimas del conflicto armado en Colombia, diseñado por el CEPAZ de la UPN y la Unidad de Víctimas, nació como un espacio para aprender a contar historias para dignificar sus experiencias y trayectorias y encontrar una escucha y reconocimiento más profundo. Muy pronto descubrimos que lo más importante no era el guion, ni la grabación, ni el producto final. Lo que realmente transformó a quienes participaron fue el encuentro mismo: ese acto sencillo y profundo de sentarse a hablar, de reconocerse en otro, de descubrir que el dolor era un territorio compartido.



Cada sesión abrió un umbral donde las palabras circulaban con cuidado y donde las historias, al hacerse audibles, encontraban una forma de reparación. Las voces se convirtieron en puente y en abrazo. Compartir experiencias, escuchar sin juicio, reconocer trayectorias semejantes: todo ello fue tejiendo una red que disminuyó el aislamiento y fortaleció emocionalmente a las víctimas. Allí comprendimos que, en procesos como este, el vínculo humano es el principal dispositivo pedagógico.

Con el paso de las semanas, la asistencia comenzó a disminuir. La vida, con sus urgencias y dificultades, fue exigiendo a algunos participantes priorizar otros espacios. Quizá la duración extensa, quizá factores externos: la causa nunca fue del todo clara. Pero la experiencia dejó una lección: un formato más concentrado, intensivo y coherente con las dinámicas de quienes participan podría mantener viva la energía colectiva y favorecer la continuidad del proceso.

En las sesiones, se hizo evidente que las narrativas más potentes surgían cuando las voces se entrelazaban. Los proyectos individuales, aunque valiosos, mostraron límites frente a la fuerza de lo colectivo. Por eso, en la reflexión final del curso, emergió con claridad la necesidad de promover la creación compartida: productos sonoros hechos entre varias manos y varias miradas, donde cada rol se rota, se aprende y se enseña. La inclusión de estudiantes universitarios fue vista como una oportunidad para crear un encuentro donde saberes distintos se nutren mutuamente y la horizontalidad se vuelve posible.

Uno de los logros del curso fue su diversidad metodológica. Se trabajó con el cuerpo, con la memoria sensorial, con la música, las imágenes, los relatos del territorio y el fotobordado. Se exploró la voz en todas sus formas: como instrumento, como testimonio, como espacio de creación. Esta pluralidad de lenguajes permitió que cada persona encontrara un camino propio para narrarse y para narrar al mundo. Esa diversidad fue, sin duda, una de las mayores fortalezas del proceso.

El tránsito por Narrativas Sonoras para la Paz dejó, además, aprendizajes proyectados hacia el futuro. Es necesario diseñar un recorrido formativo donde el proceso sea tan importante como el producto; incorporar momentos de cosecha colectiva —bitácoras, círculos de cierre, pequeñas piezas grupales— que permitan sedimentar lo vivido; y ofrecer herramientas prácticas para que los participantes continúen explorando la narración sonora más allá del curso. También será valioso proponer micro-producciones semanales que mantengan la motivación y roles rotativos dentro de cada grupo, de modo que todos puedan experimentar diferentes posiciones creativas sin presión.

Finalmente, la memoria de lo vivido fue bellamente compartida en una mesa de radio y se enlazará a los podcasts universitarios (como pázala voz, la pedagógica radio y la página de la unidad de víctimas) y ojalá también con otros espacios culturales para que estas voces sigan circulando, fortaleciendo la construcción de paz desde la palabra y el sonido.

En síntesis, Narrativas Sonoras para la Paz fue un curso donde la voz se hizo territorio, la escucha se volvió cuidado y la creación se transformó en una práctica de memoria y de encuentro. Una experiencia que invita a seguir caminando, escuchando y narrando juntos.

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jueves, 27 de noviembre de 2025

Contra los excesos de memoria: por una consciencia post-trágica

He venido pensando que la simple confrontación con las verdades desgarradoras del conflicto en Colombia no basta para activar al sujeto y sus realidades. El horror, por sí solo, no moviliza. Para que el pensamiento se ponga en marcha y la acción situada emerja, se necesita una especie de horizonte, un proyecto compartido, una imaginación política y una inteligencia colectiva que permita transformar lo heredado en lo posible.

También veo que escuchar verdades dolorosas mediante fotos, libros, audios, videos o archivos es distinto de recibirlas en diálogo directo con quienes han vivido la violencia. En la presencia del otro, la palabra cambia: escuchamos, preguntamos y somos cuestionados por esa experiencia viva. Si queremos que la memoria sea un espacio de empatía y reconocimiento, debemos propiciar estos encuentros en los procesos formativos.

Pero la memoria no es una solución universal. Existen excesos, prácticas memoriantes que se repiten sin producir sentido, palabras que pierden fuerza por su uso ritual. Recordar no siempre ayuda a superar el pasado; a veces lo fija, impidiendo que pase.

Aquí aparece lo que podría llamarse una consciencia post-trágica. No niega el dolor ni lo trivializa, pero tampoco lo convierte en destino. Propone ir más allá del sufrimiento como única referencia. Las víctimas no son solo víctimas: no quieren ser reducidas al evento que las marcó, ni volver sin fin sobre sus dolores. Necesitan espacios donde su subjetividad no quede atrapada en el trauma.

Una consciencia post-trágica, entonces, no borra la memoria del conflicto, pero tampoco permite que el dolor se vuelva el centro absoluto del relato nacional. No es olvido; es evitar un duelo sin fin. Reconoce memorias necesarias, pero también los riesgos de su exceso, deja de sacralizar el trauma para abrir posibilidades de convivencia, aceptando zonas grises, responsabilidades compartidas y procesos de reparación que no exijan destruir al otro.

Más que levantar monumentos de la memoria, necesitamos espacios de conversación crítica y creación colectiva. No lugares para repetir lo ya dicho, sino para pensar lo aún no pensado e imaginar el porvenir., Que la memoria sea un punto de partida, no un lugar de detención. Si Colombia quiere otra forma de ser consigo misma, habrá que sostener el dolor sin convertirlo en identidad, y habilitar espacios donde la memoria no sea una frontera, sino un punto de partida hacia lo que todavía podemos llegar a ser.

La constelación de lo post-trágico quizá podría estar vinculado a estos 3 momentos que están plenamente conectados.:

Kátharsis: sentir y reconocer el dolor. (desahogo y descarga emocional)

Phrónesis: comprender qué hacer con el dolor (discernimiento, sabiduría práctica, momento que integra experiencia y sensibilidad)

Praxis/Poiesis: acción transformadora, respuesta creativa y una forma de crear nuevas formas de vida que no estén gobernadas por la herida.

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miércoles, 26 de noviembre de 2025

1er Festival UNIVERSIDAD DEL FUTURO (Ecocirco-Cachipay)

Nos encontraremos en el Ecocirco, del 12 al 15 de diciembre de 2025, para celebrar la amistad, la vida y esos encuentros fortuitos y mágicos que solo florecen cuando se reúnen almas vibrantes. El propósito de este primer Festival de la  Universidad del Futuro es fortalecer los vínculos de quienes hemos participado en las video-conversaciones del podcast y también abrir un espacio para vivir y encarnar las pedagogías, prácticas y experiencias que cada persona trae como ofrenda al encuentro. 

Durante estos días queremos convocar los sentidos y las incertidumbres, hacer que el futuro acontezca en el presente,  presenciar los juegos y las reflexiones, las artes y las conversaciones, la música y la danza, el silencio y el caminar. Queremos merodear juntos las preguntas esenciales, actualizar la existencia en el gozo del encuentro y en la alegría de compartir nuestras obras, metodologías, iniciativas e inéditas pedagogías. Será un festival para seguir jugando, soñando, colaborando, y para reconocer la riqueza profunda de acompañarnos mutuamente. 

Invitados al podcast en el 2025

En esta primera edición, el eje será el presente y el futuro de la Universidad del Futuro. Queremos, además de reconocernos en nuestras potencias y abundancias, imaginar y vislumbrar colaboraciones que puedan nutrir el diseño de actividades —cursos, talleres, residencias, giras, experiencias y acciones colectivas— proyectadas hacia el 2026. 

El Festival contará con conversaciones, lecturas, recitales poético-musicales, rituales, círculos de palabra, fuego y música, experiencias de danza, performance y conciertos. Un territorio común para tejer comunidad, pensamiento, arte y celebración. 

PROGRAMACIÓN AQUÍ 

INVERSIÓN

Pago completo (3 noches / 4 días): 400.000  COP 
Incluye alojamiento en cama, alimentación y acceso a todas las actividades. 

1 Día por persona: 60.000 COP (acceso a actividades, no incluye alimentación) Alimentación (por comida 20.000 COP)
Hospedaje: Cama 50.000 COP  Camping 25.000 COP 

TRANSPORTE

Salida de Bogotá a Cachipay: 22.000 COP 
Lugares de salida: Terminal de transportes o  Calle 12a # 67- 02 

INFORMACIÓN
Móvil: +57 3208599591 

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